Cuando el riesgo es parte del paisaje: la constante amenaza de los desastres naturales 

Por: Karla Moscoso, Guatemala

En Guatemala, durante la primera semana de mayo tuvimos la difusión de un boletín que advertía de una nueva fase eruptiva del Volcán de Fuego, que incluso fue captada por el paso de los satélites de Google Earth; las columnas de ceniza y gases alcanzaron los 5,500 metros sobre el nivel del mar. Los guatemaltecos ya estamos acostumbrados a este tipo de alertas, e incluso en junio de 2018, este mismo volcán entró en una de sus fases eruptivas más violentas registradas hasta la fecha. Los lahares – una mezcla de lava, tierra, agua y material piroclástico que descendieron por distintas barrancas- dejaron a su paso comunidades soterradas, caminos y carreteras destruidas, y miles de personas afectadas. 

En esta ocasión, las entidades encargadas de emitir las alertas lo han hecho con énfasis de llevar a cabo acciones para preservar la vida de las poblaciones asentadas en las comunidades localizadas a la falda del volcán.  

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Pero ¿por qué debemos poner especial atención a este tipo de situaciones naturales? En principio, este volcán está localizado a escasos 44 kilómetros de Ciudad de Guatemala, centro neurálgico de la actividad de gobierno, comercio e industria del país. En 2018, la dirección del viento condujo el material volcánico expulsado hasta la ciudad, causando una suerte de “lluvia” de ceniza. 

Este tipo de situaciones puede llegar a afectar el desarrollo cotidiano de las actividades productivas: las personas no pueden llegar a sus centros de trabajo; las empresas tienen plantas de procesamiento en la zona industrial al sur de la ciudad – más cerca del área del volcán – por lo que pueden resultar afectadas sus instalaciones y, de nuevo, sus colaboradores son vulnerables a las distintas afectaciones producidas por este tipo de eventos. 

Es indispensable que las empresas – todas – cuenten con una sección de atención a situaciones originadas por la naturaleza en su Plan de Atención a Emergencias, con priorización en la conservación de la vida de las personas, sean estas de su equipo de trabajo o vecinos de las comunidades en las que operan. 

Las empresas deben atender como prioridad a su recurso humano, y a las necesidades de las comunidades de los entornos de influencia e impacto, ya que de esa manera podrán crear planes de contingencia que los involucren y cuiden de esa importante relación de confianza. Es de esta manera que lograrán ser más sostenibles, contarán con un aumento en los niveles de confianza en sus operaciones y, por ende, aumentará también su reputación, ese intangible que cada vez cobra más y más relevancia en la rendición de cuentas tangibles. 

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