En momentos cuando a nivel global existen fuertes corrientes de opinión en contra de la discriminación y el sexismo se hace fundamental comprender el poder de las palabras como parte de cualquier política de inclusión.

De hecho, actualmente hay un amplio debate acerca del lenguaje inclusivo como instrumento para abolir la carga de género implícita en palabras que se usan para referirse a un conjunto diverso de personas porque, al menos por omisión, abonan el terreno para prácticas discriminatorias. Para ello proponen, por ejemplo, masificar el uso de la “e” (“todos”: “todes”). Este tipo de cambios, más allá de ser parte de la discusión de académicos y expertos, dependerá del proceso natural de la sociedad. Recordemos que el lenguaje se va transformando en la medida en que incorpora modificaciones culturales y son estas las que finalmente terminan por marcarlo normativamente.

Sin embargo, el tema no se puede dejar de lado. El lenguaje es poderoso y en buena medida determina la forma como se percibe la realidad. De allí la importancia de una elección consciente de las palabras que se utilizan al momento de comunicar. Las empresas que están a favor de la igualdad lo hacen porque saben que esta es una vía que permite el avance social y que construye oportunidades para el desarrollo, algo crucial ante los retos que enfrenta la humanidad y que es medular en el accionar socialmente responsable de cualquier organización.

La decisión corporativa de llevar adelante una política inclusiva implica tomar conciencia del lenguaje utilizado para que este no incurra en un ordenamiento sexista de las relaciones interpersonales, estimulando una jerarquización de lo masculino sobre lo femenino. Para lograr esto es necesario interiorizar el valor de las palabras y conocer las amplias opciones de uso equitativo que ofrece el lenguaje sin necesidad de esperar a que ocurran los cambios que algunos proponen.

No hay que olvidar que la comunicación implica interacción. De allí la importancia de que esta valoración del lenguaje permee dentro de las organizaciones y se convierta en su hablar cotidiano, para que sea referencia de su cultura corporativa y alcance e impacte positivamente a todos sus integrantes.

¿Cómo hacerlo?

Para dar una mirada a un par de elementos prácticos vale tomar en cuenta que siempre que se deba redactar un documento dirigido a un particular es necesario optar por el empleo del género gramatical que aluda al sexo de la persona a la que va destinado. A veces en las empresas se crean formatos con información estandarizada para facilitar procesos y que suelen tener predominio del género masculino en el lenguaje, de allí la importancia de hacer los ajustes correspondientes si esa información va dirigida a una mujer. En este caso no solo se trata de inclusión sino de uso correcto del idioma.

Las complicaciones llegan cuando se trata de mensajes abiertos, dirigidos a un colectivo indeterminado de personas. No hay que perder de vista que nuestra lengua tiene más posibilidades que limitaciones, por lo que es cuestión de familiarizarnos con esas posibilidades para poder utilizarlas de forma adecuada. De allí que, por ejemplo, en lugar de decir “los interesados pueden dirigirse a…” es mejor señalar que “las personas interesadas pueden dirigirse a…”. Hablar en genérico del “personal” en lugar de decir “los trabajadores” es una solución sencilla cuando la masa laboral es diversa. También, si en el grupo aludido hay mujeres, se puede usar “la representación sindical” en vez de “los representantes del sindicato”. Sin embargo, no todas las opciones pueden usarse en todos los contextos y se debe pensar con atención cuál es la más conveniente en cada circunstancia. Para esto solo basta un consejo: Hay que optar por la solución más adecuada, es decir, aquella que permita el lenguaje inclusivo sin atentar contra la gramática y sin generar equívocos en los mensajes que se quieren compartir.